domingo, 17 de septiembre de 2017

Libros para una isla desierta


He aquí una pregunta que todo el mundo ha escuchado ¿Qué libros te llevarías a una isla desierta? Es una pregunta antigua, así que no la podemos calificar como meme. Yo imagino que esa pregunta la inventó la policía en los tiempos en que se acostumbraban las islas prisión y a los presos había que mantenerlos entretenidos para que no pasen el tiempo cavando túneles con cucharitas. No es tampoco una pregunta con truco, ni una adivinanza, porque no hay una respuesta correcta. Ni siquiera es una pregunta filosófica, que lleve a los filósofos a una larga disertación que termine hablando de Dios. Es simplemente, una pregunta irreal, porque la gente no va a leer a una isla. No me imagino a un crucero con una biblioteca realmente surtida en caso de naufragio, tal vez porque nunca he subido a uno.

Lo que a  la gente le interesa es la lista que el interrogado es capaz de producir, para ver si ese alguien es tan culto como nosotros o si, por el contrario, sólo puede mencionar las tonterías de moda. Esto me lleva a pensar también que la famosa pregunta es una suerte de test de inteligencia para dummies, una forma de ver si piensa igual que nosotros, y darnos la oportunidad de sacar a relucir nuestra cultura y reclamar por qué no ha incluido los libros que a mi me gustan.

Afortunadamente, nadie me ha hecho nunca esta pregunta, aunque sí he respondido a las variantes que preguntan sobre las películas o discos apropiados para una isla desierta. Pero como lo que interesa ahora son los libros, me he puesto a pensar sobre el tema.

Supongo que cada uno tiene sus necesidades personales que influirán en la lista. Algunos, pensando en que los van a dejar solos en una isla, elegirán literatura pornográfica para matar el rato, como quien dice. Otros, con ese razonamiento que vemos en los certámenes de belleza, elegirán nombres de autores famosos como si fueran títulos de libros. Algunos, me temo, se sentirán más que tranquilos con libros para colorear. ¿Y qué es lo que elegiría alguien como yo? Veamos.

En primer lugar, el chiste es que tienen que ser libros, no se vale kindle ni iPads, por muy provistos de libros que estén, ya que supuestamente no vamos a encontrar un enchufe en una isla desierta para conectar el cargador. Aquí tendría que preguntar de qué tamaño es la isla desierta en la que me piensan abandonar ¿Tiene palmeras o algo que haga sombras? Si no es así, conviene llevar un libro grande que me sirva de parasol. Los libros de gran dimensión tienen además la ventaja de tener letras grandes, lo que será muy útil para seguir leyendo aún si una tormenta abate mi isla.

En una isla desierta no encontraré comodidades, así que tal vez sea una buena idea llevar algún libro que pueda quemar para hacer una buena fogata. Ya se me están ocurriendo varios autores de libros de autoayuda que parecen a propósito para este fin.

Otra pregunta que haría sería cuánto tiempo me piensan dejar en dicha isla. Si la estadía es corta, bastarán algunos cómics o una antología de chistes de náufragos. Si por el contrario, piensan dejarme y olvidarse de mí (lo que suena más probable), hay varios libros de longitud intimidante que siempre dejo para después cuando tenga tiempo. Balzac, Tolstoi o esa edición crítica de El Quijote vienen a mi mente. Se me ocurre ahora un detalle. La lectura no debe ser muy absorbente, no vaya a ser que pase un barco y no me dé cuenta por estar leyendo.

Pero si me pongo a pensar que la mía será una estadía larga debería llevar libros que me ayuden a sobrellevar el trance, algo así como “Robinson Crusoe” o “El señor de las moscas”. Aunque sería mejor todavía el libro de cocina de las 100 recetas de algas y cangrejos, el que enseña a hacer manualidades con cocos, o "Construcción de balsas para Dummies".

Si me dejan tranquilo el tiempo suficiente en una isla desierta, puedo emprender la tarea de encontrar los mensajes ocultos en algunos de los libros más conocidos, como “Alicia en el País de las Maravillas” o “Ulises”, que tengo para mí que es una broma descomunal que nos quiso jugar Joyce. Vamos, con bastante tiempo, incluso puedo descifrar el manuscrito de Voynich, las centurias de Nostradamus y un par de palimpsestos de yapa.

La última pregunta, que debió ser la primera, es si se vale llevar libros que uno ya ha leído, o debo indicar libros que me falta por leer. Lo lógico sería lo segundo, aunque a mí no me molestaría releer algunos que no visito hace tiempo.

Ya decidida mi lista de libros, me pongo mis pantalones cortos, gorro y anteojos de sol, y mi paquete de libros para emprender viaje a aquella isla. Por desgracia, ninguna agencia de viajes me ofrece un tour con naufragio incluido. Para qué preguntan si no van a cumplir, pues.

jueves, 7 de septiembre de 2017

El gurú de la autoayuda


Todo sucedió tan rápido que todavía no logro entender lo qué pasó. Escribo esto con la esperanza de ordenar mis ideas y tratar de discurrir una solución.

Juro que el embrollo empezó de una manera totalmente inocente. Yo estaba apoyando en la organización de un evento profesional, una de esas labores que uno realiza sin poner demasiada pasión, más por no perder una amistad que por verdadera vocación. Solo estaba ayudando en los arreglos previos, probando sistemas para los eventos del día siguiente. Allí fue cuando vino uno de los encargados del auditorio, visiblemente alterado. El conferencista de esa noche, había tenido un contratiempo y no podría presentarse esa noche. El auditorio estaba lleno y ya estaban retrasados, con la gente impaciente. Avisar en ese momento que la conferencia programada se suspendía hubiera causado un tumulto de proporciones. Alguien entonces sugirió que yo podría tomar el lugar del ausente en el escenario. De repente me vi rodeado de cuatro o cinco personas que me trataban de convencer de que era la mejor opción, de que sólo se trataba de seguir la presentación que había dejado lista y de dar la cara en una emergencia.

Acepté sin saber a lo que me exponía, a cambio de un certificado y una pequeña retribución. Una vez confirmada mi participación, pedí el archivo de la presentación para al menos darle una ojeada antes de salir. Al instante me di cuenta de mi error. El tema de la conferencia era sobre autoayuda, el título era una de esas variaciones del “tú puedes”, y el archivo de presentación se limitaba a unas cuantas fotos sin aparente relación entre sí, no muy diferentes a lo que uno encuentra al buscar fondos de pantalla para el computador. No tuve tiempo de retractarme, ya estaban anunciándome y tres personas me empujaban hacia el escenario.

Sin saber muy bien cómo, me encontraba de pie en un auditorio lleno de gente que esperaba palabras que les cambien la vida, y que me escucharían con el respeto con el que se escuchaba a los profetas bíblicos. De repente tuve ese instante de claridad, que confundí en ese momento con iluminación. Sentí que el destino me había llevado hasta allí para acabar con la plaga de la autoayuda, que podía, como Cervantes, acabar con las novelas de caballería con una parodia que ponga al descubierto su irrealidad. En cuestión de un segundo, ya había recordado todas las anécdotas que tenía recolectadas sobre Abu Navid, las inconsistencias de los famosos autores y la forma de refutarlos utilizando la lógica y el sentido común. Que la conferencia resultara dispersa y tal vez contradictoria ayudaría a reforzar el verdadero mensaje, pensé yo, que la haría que la gente se dé cuenta de lo falso de la situación.

Como se estila, comencé haciendo una pregunta general: ¿Cuántos de ustedes quieren tener felicidad? Muchos levantaron la mano. ¡Pues no! ¡Ustedes no sabrían qué hacer con la felicidad! Les contaré una historia: Un hombre rico se dio cuenta de que no era feliz, y llamó al famoso maestro Abu Navid. Muéstrame la forma en que seré feliz, no importa lo que cueste, le dijo al llegar. Te mostraré a tres personas felices y tú encontrarás el camino a la felicidad, le dijo el maestro. Abu Navid llevó al rico a un campo donde estaba un niño jugando. - He aquí a la primera persona feliz, dijo. - ¿Quieres acaso que sea como el niño, sin responsabilidad alguna y sin conocimiento de la vida? - Esta es la primera lección: la felicidad significa olvidarse de todo, debes estar dispuesto a ello si quieres ser feliz.
Luego lo llevó a la ciudad donde le mostró a una mujer que cantaba mientras abrazaba a su pequeño hijo. He aquí a la segunda persona feliz, le dijo. El rico le dijo que esa felicidad le duraría poco, pues el niño crecería y la abandonaría, y haría cosas que no agraden.  - Esa es la segunda lección: la felicidad tiene un precio que no se paga en dinero. Abu Navid llevó al rico a la parte más pobre de la ciudad, donde le mostró a un anciano loco que se revolcaba en la basura. - Aquí tienes a la tercera persona, le dijo. - De ninguna manera voy a ser como ese pobre loco, dijo el rico. El maestro se despidió entonces del rico: Es por esto que no hallarás la felicidad, porque no quieres perder nada de lo que tienes y no aceptas la felicidad en otras personas.

Al narrar este ejemplo me sentí dueño del escenario y ya nada podía detenerme. Entonces ustedes, como el rico del cuento, quieren que la felicidad se adapte a lo que ustedes quieren, en realidad ustedes no buscan la felicidad, buscan algo que se acomode a sus caprichos. Por eso todos los libros de autoayuda no los ayudarán, ellos también confunden la felicidad con el dinero: “Piense y hágase rico”, Padre rico, padre pobre” son títulos que ustedes encontrarán, donde les querrán convencer que la felicidad incluye una abultada cuenta en el banco.

Otra cosa de la que nos quieren convencer los autores de estos libros es qué hay reglas para el éxito. Repítete a ti mismo siete veces al día lo bueno que eres y triunfarás, sigue estos siete hábitos de la gente exitosa y serás uno de ellos. Pues señores, les tengo malas noticias: hay tantas maneras de tener éxito como personas en el mundo. Y por una sencilla ley de proporciones, no todos lo obtendrán. ¿Quieren otra historia de autoayuda? Un gurú de autoayuda tenía un pollo al que repetía todos los días “puedes volar, tienes alas, eres como un águila”. Por supuesto, el pollo nunca voló. Peor aún, el pollo le dijo a su dueño “me pides que sea como un águila pero jamás he visto una”, así que el dueño lo llevó al campo y le enseñó en lo alto a un águila. El águila descendió velozmente y se llevó al pollo entre sus garras para comérselo. Hasta aquí el ejemplo, y aprovecharé para una pequeña reflexión: ¿Han notado que los autores de autoayuda quieren compararnos con el león, el tigre, el águila o algo semejante? Pues les diré algo, todos esos animales están peligro de extinción, porque nada gusta tanto a los hombres que eliminar a los mejores, mientras más éxito tengas, más gente habrá que quiera acabar contigo. Piensen si el éxito es algo tan deseable.

Aquí me detuve un momento y miré a la audiencia. Realmente me habían prestado atención, y estaban pendientes de mis palabras. Me di cuenta del porqué tantos caen presa de esa droga que es la popularidad y la adulación. Y aún me quedaban muchos minutos de conferencia. No podía hacer otra cosa que seguir.

Otra cosa que no nos dicen los autores de autoayuda es el verdadero fin de sus esfuerzos. Es el dinero. El puro, egoísta, materialista dinero. Estoy seguro que si la autoayuda no diera dinero, todos esos autores se dedicarían a otra cosa, a las ventas con seguridad. Porque lo que quieren es vender. Los libros y conferencias se convierten en dinero, al igual que los likes y compartir en los que ustedes caen diariamente en el Facebook, sepan que cada click y compartir de esos videos, imágenes y memes se convierten en dinero. ¿Algunas vez han visto ustedes alguna vez una noticia que diga algo así como “La señora X recibió tal cantidad de dinero producto de sus likes en Facebook para su noble causa”? No ¿verdad? Es porque el dinero de sus clics no le llega nunca y se queda en los “community managers”. Otra historia: Un niño era abusado por sus compañeros en la escuela. Su madre pudo verlo una vez y lo grabó con su celular. Al día siguiente el niño regresó golpeado y sucio. No te sientas mal, le dijo su madre, mira cuántos likes obtuviste en Facebook. Y estoy seguro que muchos de los aquí presentes piensa así, que con los likes han solucionado el problema.

Recuerdo que conté aún otras historias, como la de la caja de Abu Navid, y la historia de la vaca que corría más que un auto. Al final de la conferencia me sentía como un rockstar bañado de aplausos. Me sentí un triunfador, todo un gurú. A la salida me esperaba un grupo de gente para felicitarme y decirme que me admiraban y seguirían mis consejos.

Y ese es el problema. Ahora me están llamando para dar otras conferencias, quieren que escriba artículos, tal vez un libro, quieren convertirme en eso que criticaba esa noche. Y me ofrecen la mejor razón que tienen, que es el dinero. Y no veo forma de salir de esto. Incluso si declarara que en realidad soy solo un tonto al que una noche pusieron en un estrado, si dijera que todo es mentira, dirían que es mi forma de enseñar y que soy un sabio modesto. Es que así funciona el mundo.

martes, 29 de agosto de 2017

Mientras veo las noticias


Me gustaría pensar que los medios de comunicación nos llenan de malas noticias porque las noticias son aquellos sucesos que salen de lo común, algo de lo cual la gente habla porque no es lo normal. Si eso fuera cierto, significaría que la bondad de las personas es la regla y no la excepción. Significaría que la gente feliz es tan común que no constituye una noticia, algo de interés público.

Tal vez también signifique que la felicidad no puede narrarse ni contarse, que no habría manera de colocarla dentro del formato de una noticia. Es por eso que los cuentos terminan con la frase “Y fueron felices por siempre”, porque una vez que se ha logrado la felicidad, ya no hay más que contar. Mejor aún, tal vez la felicidad es un estado que no se puede describir, y que cuando alguien lo intenta, el resultado es la incredulidad y la incomprensión.

Tal vez en realidad las historias felices no dan rating, no son comerciales, porque la gente infeliz rechaza escuchar buenas noticias y a la gente feliz no le interesa conocer más que su propia historia.

Sería bueno que fuera así.

domingo, 20 de agosto de 2017

La creación del mundo


Yo lo sé, porque Él me lo dijo. Dios creó los cielos y la tierra, y colocó al hombre para que la cuidase. Pero algo pasó. El hombre se corrompió y destruyó la Tierra. Apenado, Dios destruyó su creación para empezar de nuevo. Esta vez hizo al hombre menos poderoso para que no destruyera todo. Pero se multiplicó rápidamente y su muchedumbre agotó la Tierra hasta destruirla. Con gran pesar se vio obligado nuevamente a destruir otra vez cuanto había creado. Esta vez hizo al hombre en un clima más frío para que no se reprodujera con tanta rapidez, y las mujeres solo tenían un hijo a la vez. Pero ellos crearon máquinas que mataban a todos los animales y a ellos mismos. Avergonzado, destruyó todo por tercera vez, porque no es bueno que se sepa que Dios se ha equivocado tan gravemente. Tal vez la siguiente vez pueda sentirme realmente orgulloso de mi creación, pensaba. Así que hizo al hombre insignificante y débil, con apenas la chispa de inteligencia necesaria para sobrevivir. Esta vez parecía que resultaría, el hombre fue bueno por un tiempo, pero nuevamente se fue pervirtiendo y a reclamarle por qué no lo hizo más poderoso, más resistente, más duradero. Poco a poco se fue apoderando del planeta, destruyendo todo lo que hallaba a su paso. Dios estuvo a punto de destruir toda la creación una vez más, pero se detuvo. Ya no quería pasar por el trance de crear todo el universo nuevamente. Sintió pena de sí mismo. Ahora se dice a sí mismo que lo mejor es dejar que el hombre se dé cuenta de sus propios errores antes de destruir el mundo, y que el castigo para los malvados es el seguir viviendo, sin un fin del mundo que acabe con su miseria. Eso fue lo que me dijo, y sé que es la verdad, porque nadie, ni siquiera Dios, puede mentir con una mirada de tan profunda tristeza... 

jueves, 10 de agosto de 2017

Correspondencia



Ellos se escribían, casi que a diario, casi que varias veces al cabo del día. Hasta terminar en algo casi casi que compulsivo, hasta olvidar el motivo que había originado su correspondencia electrónica.

Un tecleo constante a través de un ordenador, sustituto del método “vieja escuela” (papel, sobre, lapicero y sello) pero que, sin embargo, también recorría el mundo, sino uniéndolo, por lo menos acercándolo, hasta casi que casi fundiéndolo en una especie de anulación espacio tiempo.

Sus vidas, sus espacios, sus tiempos se interconectaban como imágenes en movimiento yuxtapuestas, como fragmentos o samples animados de películas o cortos de vida cotidiana No solamente habían olvidado los motivos que originó esa conversación escrita, solamente escrita y salpicada, salutariamente, por instantáneas Polaroid, nunca webcam, que sí se enviaban, estas si, por vía “convencional”. También habían olvidado dónde vivían y desde dónde escribían o enviaban sus fotos.
Muchos años después alguien encontró, apiladas, varias cajas de cartón con correos electrónicos impresos en papel y varias polaroids, unidos, pegados y entrelazados en una especie de álbum de recuerdos, donde al parecer, dos personas, desde una misma habitación, habían intentado comunicarse durante largo tiempo....


Hace mucho que no me dedicaba al noble arte del cortipegado de historias que me hubiera gustado escribir, no por flojera o falta de malicia, sino porque simplemente no encontraba algo digno de colocar aquí. Ahora que lo he encontrado, es mi deber darle una nueva oportunidad a este texto que encontré buscando aleatoriamente otros blogs. Que lo disfruten.

domingo, 30 de julio de 2017

Frases twitteables 44


  • Eso de Papa Noel es solo una leyenda urbana, le dije al viejo del trineo que aterrizó en mi techo.
  • Historia que no ocurrió nunca: Le pregunté a un mendigo cómo le iba el negocio. Fantástico, me dijo, tengo más de 3 mil likes en Facebook.
  • Hubo una vez una mañana tan larga que se hizo tarde.
  • Latinoamérica tiene mucho que enseñar a Estados Unidos sobre cómo lidiar con presidentes que no nos agradan.
  • La Muerte llegó y lo miró. - Por fin vienes por mí. - Pero vine a decirte que no te llevaré conmigo aún, así que empieza a vivir de una vez.
  • Hoy en nuestra clase de geografía: ¿Cómo se reproducen en Las Islas Vírgenes?
  • Encontré al monstruo debajo de mi cama. Él tampoco tenía nada que hacer un fin de semana en la noche.
  • Esa película, que fue un fracaso de taquilla y de crítica, la anuncian hoy en TV como el gran estreno, y tú la ves. Igual en el amor.
  • La pregunta tonta de hoy: ¿Prefieres ser feliz o tener éxito escribiendo sobre tu infelicidad?
  • Algún día se descubrirá que en un universo paralelo las cosas tampoco son como queremos que sean.
  • La tristeza de encontrar un 15 de febrero en la calle un muñeco de peluche roto.
  • A veces uno escucha una canción, se da cuenta de que ya no siente nada y se pregunta qué fue lo que pasó.
  • Yo he visto una lavadora en modo centrifuga, no me hablen de artefactos poseídos por el demonio.
  • Prefiero leer un libro en el transporte público que estar chateando con el celular. Es menos probable que me roben el libro.
  • Oiga, Don Nietzche, sepa que yo que por hacerme más fuerte casi me mato.
  • Si prestas atención en un restaurante, podrás escuchar el ruido de todas las dietas al romperse.
  • En mi defensa, diré que también dice mucho de ti, a quién consideras tonto.
  • Corazón roto que deja los bordes afilados para el próximo que llegue.
  • Leído en una lápida: “No creas todo lo que dicen en los epitafios”.
  • El amor es ciego. – No es cierto, el amor es sordo - me corrigió el invidente.
  • Todo es según el color del cristal con que se mire. - No es cierto, depende del tono en que se escuche - Me corrigió el ciego.
  • Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana, decía. Ahora está preso por entrar a robar en una casa.
  • Si todos los caminos llevan a Roma, tengo miedo de llegar allá y luego no poder salir.

viernes, 21 de julio de 2017

Comida moderna


Normalmente no soy muy dado a los restaurantes temáticos, los cuales son muy raros por aquí, dicho sea de paso. Recuerdo una sola vez que me llevaron a un restaurante marino musical, para salir decepcionado al comprobar que ni el Frito Páez, ni el cebiche de Calamaro, ni el Joaquín Sardina valían la pena. Pero ahora voy al que se llama a sí mismo el restaurante del futuro, que ofrece una experiencia de ciencia ficción, con atención de la era digital, un sabor adelantado a su época y varias cosas más, así que al menos por curiosidad decido darle la oportunidad. He aquí la crónica sincera de lo que pasó.

Según el que me invitó, no hace falta apurarse, porque la reserva se hace con un app que te permite avisar de tu llegada y escoger tu mesa. Además, el app te conecta con Uber  para que nos recojan a tiempo. Hasta aquí todo iba bien. Claro, hasta que la teoría empezó a darse de cabezazos contra la realidad. Cuando el Uber llegó retrasado alegando que el tráfico había empeorado desde el momento en que se contactó al servicio, supe que sería uno de esos días en los que todo sale mal y me echan la culpa a mí por ser tan salado y por tener al universo conspirando en mi contra.

A nuestra llegada, mis temores fueron confirmados. Mi amigo el que me llevó casi se va a las manos con el mozo que atiende la entrada, quien le dice que tenemos que esperar a que se desocupe una mesa. Según nos trataban de explicar, la mesa que teníamos reservada ya estaba tomada por alguien con el app premium, que tiene atención preferencial. Cuando por fin logramos ingresar, vemos un enorme lugar decorado con todos los clichés futuristas, sin faltar ninguno. Allí estaban las luces de neón, los adornos plateados, las estrellas y naves espaciales, todo. Nos sentamos en unas sillas de estilo mezcla de Bauhaus y Star Trek, que yo, como alguien que se ha sentado en todo tipo de asientos, reconozco como apropiados para sentarse sólo por cortos espacios de tiempo, sólo para la comida sin nada de charla. Yo esperaba que se acercara alguien para tomarnos el pedido, pero mi amigo me explica que el menú y el pedido aparecen en una pantalla táctil en el centro de la mesa, como parte de la misma, lo que es una forma más rápida y segura de pedir, según el app que tengo aún abierto. En el menú aparecen todas las opciones de comida con un nivel de detalle exasperante. Tenemos que expresar que nadie de los presentes es vegetariano en ninguna de las seis o siete variaciones del término, que nadie quiere comida libre de gluten, ni de lactosa, de sal ni de preservantes artificiales. 

Una vez establecidas las reglas procedemos al pedido. Aquí ocurre lo que siempre me ocurre con las pantallas táctiles: no me obedece, marca cosas que no he pedido y se resiste a confirmar mi orden. Mi amigo tiene mejor suerte que yo y logra hacer el pedido. Las opciones que siempre pide la pareja de mi amigo son exactamente las únicas que no aparecen en el menú de opciones de la pantalla: el pollo debe ser parte pierna, la carne en término 75%, el ají debe venir aparte y la lechuga a un costado, que el refresco debe ser natural y no de sobre. Mientras esperamos, explico a mis acompañantes que los que programan las apps y el sistema de pedidos no conocen la idiosincrasia de nuestro país, que siempre es detallista a la hora de comer y que busca las fallas del sistema para poder decir orgullosamente que los chiches de la modernidad no se aplican aquí.

El hecho de que me dejaran terminar la explicación es un síntoma de que algo anda mal, y que nuestra orden se está demorando más de lo normal. La búsqueda de un mozo que nos atienda es otra prueba de paciencia, de la que ya no tenemos mucha. Una de las parejas pregunta por qué no hicimos el pedido desde el app antes de venir, para recibir la respuesta de que en este país nadie sabe lo que quiere comer hasta que llega al restaurante. En eso llega un mozo que nos informa que se ha caído el sistema y que nos va a tomar la orden personalmente. En ese momento empiezo a extrañar los métodos tradicionales al ver que el mozo está mandando la orden por Whatsapp.

Al estar esperando nuestra comida por segunda vez, me asalta la duda. Si este es un restaurante futurista, ¿No nos irán a traer una comida en pequeñas pastillas, como se ve en las películas de ciencia ficción? Mi amigo entra a la sección de preguntas de la app para hacer la consulta y recibe la respuesta en un par de minutos, diciendo que los alimentos son cocinados con microondas de convección, lo que garantiza una cocción óptima conservando el valor alimenticio. No sé por qué, pero esa conversación no me convence.

Cuando estamos a punto de buscar nuevamente al mozo para reclamar por la demora, vemos llegar nuestra comida. Todos entonces comprendemos porqué hay tan pocos mozos. Nuestra orden está viniendo en un dron. Afortunadamente una vida de accidentes me ha dejado rápidos reflejos y ese sexto sentido que me avisa del desastre inminente. Alerto a todos y busco protección debajo de la mesa justo cuando el dron se estrella contra nuestra mesa en una explosión de sopa, ensalada y platos de fondo.

Aquí fue cuando se armó el escándalo buscando al mozo, al gerente, al dueño y a los accionistas del negocio. Lo único que obtuvimos fue que el mozo nos contacte vía video chat con el encargado, quien nos pidió disculpas por el incidente y nos prometió un descuento y un postre gratis en nuestra próxima visita. Mientras mi amigo gritaba para que todos escuchen que nunca iba a volver y que no iba a pagar, nos dimos cuenta que el importe de la comida ya había sido descontado de su tarjeta de crédito a través del app, autorizado por ese asterisco que lleva a las letras pequeñas al instalar el app. Por mi parte, descubrí que también me habían bloqueado el acceso a los comentarios del app, donde pensaba poner toda la historia que estoy narrando aquí.

La velada terminó con todos nosotros sentados en la carretilla de la Tía Veneno, disfrutando de un cebiche como Dios manda, sin nada que nos recuerde que estamos en el siglo XXI. Como debe ser.
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